lunes, 21 de julio de 2014

El castillo de Peña Aguilera (Toledo). Un ejemplo de fortaleza de repoblación.


Historia: El castillo de Peña Aguilera, conocido en la localidad a la que pertenece –Ventas con Peña Aguilera—como la Torre de los Moros, es una pequeña fortaleza bastante antigua levantada en las estribaciones septentrionales de los Montes de Toledo, en las proximidades del antiguo camino del puerto de Alhover (del Olmo en romance), hoy conocido como el Milagro. 

Al igual que otras muchas fortalezas a lo largo y ancho de la geografía hispana, los datos históricos que disponemos sobre ella son bastante escasos, de tal manera que es necesario apoyarse en la historia general de la zona para hipotetizar una posible fecha de fundación del castillo, en todo caso siempre rebatible a la luz de nuevos descubrimientos ya sea de carácter arqueológico o documental.

Vista general de las estructuras conservadas del castillos de Peña Aguilera.


El ya mencionado camino del puerto de Alhover –Portum Alfoure en la lengua latina de los textos medievales-- es una de las dos rutas que, procedentes del meridion peninsular, atravesaban los montes de Toledo poniendo en contacto la comarca toledana con la ciudadrealeña, a la sazón tierra de nadie durante varios siglos. Aunque ya existía en época romana tal y como atestiguan los restos de dos calzadas localizados en el término municipal de Ventas con Peña Aguilera, no debió ser nunca una ruta muy usada en razón de su estrechez y fragosidad; inconvenientes éstos que aconsejarían vivamente el empleo de la otra vía mencionada –la del Puerto de los Yébenes—todavía hoy de más cómodo trayecto cuanto más en el lejano pasado clásico. Apoyando este argumento podemos citar los abundantes restos romanos encontrados a lo largo de las diferentes etapas de esta última ruta, donde a la postre no habrían de faltar asentamientos de considerable importancia tales como la gran Mansio Consabura –la actual Consuegra--.


Ciertamente no existe razón alguna que lleve a considerar la posibilidad de un cambio en la situación caminera de la zona –con sus lógicas consecuencias en cuanto al desarrollo demográfico y económico de ésta—durante los primeros siglos de la Edad Media. En consecuencia el Portum Alfoure –citado en 921 en la obra de Al–Istajri, Kitab al-masalik wa-l-mamalik-- debió continuar siendo una vía secundaria de acceso al alfoz toledano, muy poco poblada como el resto de la zona montuaria así como carente de fortificaciones durante todo el periodo califal –por innecesarias-- aunque un poco mejor dotada a posteriori con la construcción del castillo de Alhover, en la vertiente meridional del paso, probablemente por manos taifales y con el objetivo de guardar ese flanco del reino toledano de las apetencias de sus vecinos. En cuanto a la posibilidad de que también se construyera por entonces el actual castillo de Peña Aguilera –o al menos una obra anterior-- se comprueba su escasa verosimilitud dado el hecho de que en aquella época de despoblación de los montes de Toledo con su consecuente ausencia de alquerías fortificadas, sólo hubiera tenido sentido una fortaleza en ese punto como defensa contra el enemigo del Sur y nunca del norte, dada la imposibilidad de que llegaran hasta allí las algaradas cristianas. Por otro lado, la escasa entidad que siempre debió tener la fortaleza de Alhover así como lo poco frecuentado del camino que vigilaba –al fin y al cabo los del reino de Badajoz solían entrar en el de Toledo por Talavera y los de Sevilla por Calatrava la Vieja-- por no hablar de su tipología constructiva, no parecen apoyar precisamente la hipótesis de su origen taifa como cierre “de reserva” del paso de los montes frente a las agresiones de los musulmanes vecinos. 

Torre principal del Castillo de Peña Aguilera.

Como la mayoría de las fortalezas del extinto reino de Toledo, Alhover pasaría a manos cristianas en 1085 tal y como refleja cierto documento de cesión firmado por Alfonso VII en 1146 orientado a la repoblación de la comarca, seguramente aún más desierta que en época musulmana a raíz de la brutal ofensiva almorávide. Adicionalmente, este espíritu de colonización de la ladera sur del puerto fue correspondido en buena lógica con otro similar en la norte, si cabe más acusado y que aparece documentado en una nueva cesión alfonsí de 1155 por la cual 25 nuevos pobladores vinieron a asentarse en la zona que hoy ocupan las villas de Pulgar, Cuerva y Ventas con Peña Aguilera. Estamos pues en la segunda mitad del siglo XII, momento en el cual se construyen algunas de las fortalezas de los Montes de Toledo, como es natural no lejanas a Peña Aguilera. De hecho no sería descabellado ubicar la erección de la Torre de los Moros en este momento de la historia sino fuera por que ningún supuesto castillo del siglo XII aparece citado en las crónicas al referirse a las devastaciones provocadas por el Califa almohade Ya´qub al-Mansur en su campaña de 1196, tras derrocar a Alfonso VIII en Alarcos, cuando regresara a Andalucía por el puerto de Alhover y expugnara Piedrabuena. Parece razonable suponer que de haber encontrado el Miramamolín resistencia en Peña Aguilera --o al menos una fortificación mínimamente importante que arrasar aún estando abandonada—la habría eliminado y así se habría visto reflejado en los escritos como en los casos de Olmos, Maqueda, etc. En cualquier caso, la escasa entidad del castillo de Peña Aguilera –evidente al estudiar los restos conservados—es suficiente razón para considerar también la posibilidad de que fuera olvidado a la hora de enumerar los lugares devastados por los norteafricanos, poniendo así en tela de juicio esta última hipótesis y dejando un cierto margen de probabilidad a la data del siglo XII como momento de construcción de la fortaleza --o al menos de la torre principal de ella, aparentemente de cronología anterior a su recinto externo y similar a otras obras cristianas del siglo XII, amen de lo suficientemente débil sin su cerca como para ser ignorada por las crónicas fuera o no expugnada por los almohades--.

Independientemente de que existiera o no el castillo –o sólo su torre-- hacia el cambio de siglo, lo cierto es que el asentamiento de Peña Aguilera no habría de cuajar como puebla, probablemente debido a su inmediatez al peligroso puerto de Alhover, inseguro hasta la definitiva destrucción del poder almohade en tiempos de Fernando III. Así lo indican de hecho tanto un primer documento mozárabe de 1219 en que la zona donde hubiera debido estar Peña Aguilera de haber prosperado es citada como una alquería vendida por Pero Gelabert, canónigo de la catedral toledana, al también canónigo de dicha institución Alfonso Meléndez como coto de caza de conejos –lo que evidencia su poca densidad de población—como un segundo de 1226 en que ya con su nombre de Peña Aguilera es vendida por el rey Fernando III al mismo canónigo la dehesa entera –ya ni alquería siquiera—con su castillo incluido. Este último dato es de gran importancia para la historia de nuestro castillo ya que sitúa un límite superior en su fecha de construcción, sin duda ya con todas sus estructuras al ser considerado como tal. Ahora,  si lo que se desea es concretar un poco más esta fecha, resulta necesario adentrarse de nuevo en el terreno de la hipótesis ante la falta de datos escritos. Así, la opción más probable de los posibles, basada a la sazón en la ausencia de referencias al castillo en el documento de 1219, pasaría por situar la fecha exacta de edificación –ya bien de la obra entera, ya bien de la cerca externa en el caso de considerar la torre como ya erigida-- entre 1219 y 1225. Esta posibilidad encajaría además dentro de las restricciones impuestas por la fecha de fortificación última del castillo de Alhover –a partir de entonces llamado del Milagro—ordenada por el Arzobispo Don Rodrigo Jiménez de Rada y que se llevó a cabo entre 1213-14, consiguiendo no sin alguna dificultad cerrar esta vía de acceso a Castilla desde Al-Andalus. En efecto es más lógico considerar la fundación de la fortaleza de Peña Aguilera cuando la del Milagro –más importante en razón a su posición estratégica—ya estaba terminada, actuando entonces Peña Aguilera como atalaya de vigilancia y bastión de retaguardia del castillo principal y no antes, cuando en realidad de poco podía servir dada sus pobres cualidades defensivas ante un enemigo mínimamente poderoso tal y como, de haber existido antes de 1214 lo cual no me parece probable, debió suceder en 1213 cuando la última algarada almohade en tierras de Toledo –llegada hasta allí por Alhover--, episodio éste registrado en los Anales Toledanos I sin que se haga la menor referencia al castillo de Peña Aguilera.

Primera planta del castillo. En buen estado relativo.
La postrer “refundación” de Peña Aguilera debió suceder no mucho después de la venta de 1226, toda vez que en el documento de venta al Concejo de Toledo de la comarca de los Montes toledanos por Fernando III –quien no mucho antes había obtenido vía intercambio la posesión de la zona de manos de Jiménez de Rada—con fecha 4 de Enero de 1246 aparece mencionada “Peña Aguilera con su dehesa”, cita ésta que aún con cierta ambigüedad parece apuntar a la existencia por entonces de alguna aldea más o menos pequeña que incluyera dentro de su término la aludida dehesa. Esta vigorización de la zona no es en absoluto ilógica, habida cuenta de que con la desaparición del peligro musulmán Peña Aguilera debió quedar como nudo de los distintos caminos que, procedentes de buena parte del alfoz toledano, convergían ahí para pasar fundidos en uno solo la barrera montuaria por Alhover –vía ésta por la que llegaron a circular carretas en el sigo XV, lo que habla bastante bien de su vitalidad--. Prueba de esta condición de encrucijada, como siempre fuente de vida y prosperidad para cualquier asentimiento que a su amparo se cree, es el acusado sabor caminero que aún hoy se aprecia en la toponimia de la zona: Fuente de la Senda, Cañada de Merinas...

Primera planta del castillo. En buen estado relativo.

Al amparo de su modesto castillo, el poblado de Peña Aguilera sobreviviría por espacio de doscientos años más o menos  al fin de los cuales se despoblaría por completo en beneficio de un nuevo asentamiento localizado en derredor de dos ventas erigidas en el camino del puerto a un kilómetro y medio de Peña Aguilera y que no es otro que el pueblo actual, de clarificador nombre: Ventas con Peña Aguilera. Según la Relación a Felipe II este traslado --más que abandono puro y duro del asentamiento anterior-- se produjo hacia 1420, fecha en que una carta-puebla del Rey Juan II autorizaba a poblar Peña Aguilera –se supone que la nueva villa de Ventas con Peña Aguilera, durante bastante tiempo llamada Peña Aguilera a secas tal y como por ejemplo enuncia la citada Relación--.


El destino del castillo de Peña Aguilera en los siglos finales del medioevo puede calificarse de poco glorioso. Mejor o peor mantenido probablemente durante el tiempo que tuvo puebla aledaña, su ya nula utilidad militar debió provocar su abandono al producirse el anterior traslado. De hecho ya en 1576 la Relación nos lo muestra como una fortaleza medio caída y que “no se habita ni jamás se ha habitado dende que se acuerdan acá” amén de que se le asigna el habitual origen islámico propio de todas las fortificaciones rurales olvidadas en el tiempo. En cuanto a la posibilidad de que sirviera alguna vez como cuartel de alguna cuadrilla de la Hermandad Vieja de Castilla, parece realmente una opción muy improbable dada la existencia en 1576 de una casa fuerte en la nueva villa de Ventas con Peña Aguilera destinada a éste menester y que, si no era la original, habría tenido precursoras dado el hecho de que históricamente era Ventas con Peña Aguilera él único lugar existente cuando la fundación de la Hermandad en el siglo XV así como de que no resulta muy lógico el uso de un castillo antiguo y decrépito como calabozo cuando sin duda era mucho más práctico para ello el empleo de una casa fuerte dentro del propio pueblo. Hoy en día los restos del castillo pertenecen al Patrimonio del Estado aunque no así la finca circundante, en manos privadas. Es de destacar que siguen tan abandonados como en 1576, lo cual en el fondo quizás sea lo mejor para unos muros como los suyos: eternamente dormidos y cuyo sueño no parece piadoso molestar con modernidades.    

Puerta de acceso a la torre del castillo.    

Estructura Arquitectónica: La pequeña fortaleza de Peña Aguilera se alza en la estrecha cumbre de un cerro rocoso, no especialmente indicado para la defensa tanto por su escasa altitud como por la suave pendiente de sus ladera meridional, lugar por donde no resulta difícil llegar hasta dicha cumbre.

Como tantas fortificaciones rurales de los siglos XII y XIII exhibe la habitual distribución de recinto interno principal más muralla externa, todo ello bastante simplificado en este caso.

  Saetera sobre la puerta y resto de ladrillo en la bóveda

Así, el recinto interno se trata de una torre de planta casi cuadrada –siete metros por nueve--  y muros de aproximadamente un metro setenta de espesor situada más o menos en el centro geométrico de la fortaleza. Hueca al interior, contó con tres plantas más una probable terraza defensiva no conservada al igual que la mayor parte de la tercera planta. En cuanto a las plantas primera y segunda, se cubrían con sendas bóvedas de cañón de arcaico aspecto labradas en mampostería, de las cuales se ha conservado aceptablemente la de la planta inferior y sólo el arranque en la intermedia, donde por cierto aparte de la piedra se empleó también algo de ladrillo en su erección. Por su parte, la cubierta de la tercera planta debió realizarse con viguería de madera toda vez que no se advierten vestigios de una tercera bóveda de cañón en los pobres restos que quedan de esta planta y  sí una suerte de mechinal cuadrado, destinado quizás a alojar una de las vigas de madera que conformaran el forjado de la terraza defensiva.

Aunque hoy en día existe un acceso en la planta baja del edificio, de forma cuadrada y tosco aspecto, no parecería muy razonable catalogarlo como la puerta de entrada a la torre  --más bien sería la típica entrada practicada mucho después a fin de permitir el uso de la torre como almacén, establo y demás--  sino fuera por los sillares más o menos labrados que se aprecian en su intradós y que parecen informar efectivamente de la presencia de un vano en ese punto. Por otro lado, no se aprecia ninguna entrada en alto –algo muy frecuente en la fortificación medieval-- a excepción quizás de un gran boquete situado en las esquina suroccidental a la altura de la segunda planta y que otrora pudiera ser una puerta en altura excéntricamente emplazada. Sea como sea, me inclino a pensar que la entrada estaba en la planta baja, cuyo vano aparece tan dañado quizás por habérsele sustraído los sillares de su extradós tras el abandono de la torre –lo que evidentemente no se atrevieron a hacer en el intradós dado el grave riesgo de derrumbe de la estructura que tal latrocinio conllevaba--.

Bastión o Torre-puerta de entrada a la cerca del castillo.

Dado lo relativamente reducido del espesor de sus muros, no muy adecuados para alojar una escalera de piedra en su seno, la comunicación entre las tres plantas de la torre y con su terraza debió hacerse vía escaleras de mano a través de determinados orificios practicados en las dos bóvedas de cañón y en la de madera. Ya hacia el exterior, la torre recibía la luz a través de la pequeña ventana sita en su fachada occidental así como por medio de una vulgar saetera, ésta vez labrada en la fachada meridional con el evidente objetivo de proteger la entrada. 

Merece la pena destacar además la forma curva de sus cuatro esquinas: elemento de ascendencia cristiana ya visto –con gran semejanza por cierto-- en el cercano castillo de Dos Hermanas –Navahermosa—y que por sí solo permite afirmar con cierto margen de seguridad la factura cristiana de la torre. 

Centrándonos ahora en el recinto externo –casi con toda seguridad segundo y último al no apreciarse restos de antebarrera alguna ni tan siquiera lugar donde ubicarla—es menester apuntar su mal estado, hasta el punto de no quedar de él más que el bastión de entrada a la liza –muy estrecha por imposición de la severa geometría del cerro—y un breve pedazo de cortina a él aneja. Sin embargo su estudio es de vital importancia toda vez que no hace falta echar más que un somero vistazo a su fábrica para notar que no parece contemporáneo de la torre principal del castillo. En efecto, a su imagen de sólida reciedumbre, totalmente privada de la esbeltez de dicha torre, se le debe añadir la pobre apariencia de su aparejo, muy desigual en el tamaño y forma de sus mampuestos al contrario que los de la torre, bien ordenados en hileras y todos de parecido tamaño –al menos en lo que se refiere en su aparejo externo—. 

Vista posterior del bastión. Fragmento del muro de la cerca.

Por otro lado llama bastante la atención la abundancia de mortero de cal empleado en la unión de los aparejos del bastión de entrada, donde ni siquiera faltan generosos yagueados, nuevamente al contrario que en la torre cercana, lugar en el que dicho mortero es mucho más escaso hasta el punto de no apreciarse con claridad en superficie –de lejos se diría que la torre se hizo “en seco”--. Como es lógico esta diferencia de técnica constructiva, a la sazón basada en la diferente calidad de las argamasas, mucho más rica en arena en el caso del bastión, conlleva una diferencia temporal en la ejecución de ambas estructuras, evidentemente levantadas en dos momentos distintos aunque no necesariamente muy separados en el tiempo. Si además establecemos paralelismos con fortificaciones de distintas épocas y sus materiales constructivos, algunas no lejanas como la torre Tolanca de Sonseca, no es difícil concluir que la torre principal del castillo es más antigua que el bastión de su cerca, a la postre edificado en un aparejo normalmente de adscripción más tardía que el aparentemente “en seco” de la torre. 

En cuanto a las características del bastión en cuestión, podemos describirlo como una torre-puerta de planta rectangular, hueca y abierta por arriba, dotada con dos puertas sucesivas –en un tiempo arcos de medio punto-- que había que superar  antes de penetrar en la liza. La bondad de esta disposición radica en que fuerza al enemigo a amontonarse en el reducido espacio comprendido entre dichos vanos, lugar desde donde podía ser batido a placer por los soldados situados en el adarve de la torre a lo largo de todo su perímetro rectangular. 

Tumba antropomorfa, excavada en la roca, perteneciente a los antiguos habitantes de la puebla de Peña Aguilera.

Anejo a la fachada interna de este bastión –la “gola” que se diría después—encontramos el único resto superviviente de la muralla que un día rodeara la torre principal del castillo. Se trata de un breve fragmento casi perdido, confeccionado en el mismo material que el bastión y partícipe por tanto de su inferior calidad respecto al de la torre, detalle éste que habrían de emplear los siglos para, aprovechándose de la inferior solidez de los lienzos de la cerca respecto a su torre-puerta, derrumbarla prácticamente en su totalidad.

Por último, aunque no pertenezcan a las estructuras del castillo, son destacables las tumbas antropomorfas, excavadas en la roca, existentes en la llanura que hay al pie del castillo y que un día fueron la última morada de los pobladores de Peña Aguilera. Su adscripción cronológica más probable es la centuria que va desde 1250 a 1350, época estimada como de mayor esplendor de la ya extinta puebla.

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