Para visitarla debemos
desplazarnos hasta la pequeña localidad de Gormaz, en los confines occidentales
de la provincia de Soria, a diez kilómetros escasos del Burgo de Osma, cabeza
administrativa de la comarca. Desde luego
el lugar no tiene pérdida ya que la enorme fortaleza es visible desde
muchos kilómetros a la redonda; algo natural habida cuenta su emplazamiento en
la cumbre de un solitario cerro testigo, erguido a gran altura sobre la llanura
soriana, a la que vigila y controla desde hace tanto tiempo.
La arqueología nos dice que el
cerro de Gormaz fue habitado por primera vez en la edad del Bronce (segundo
milenio a.C.) con continuidad en la edad del Hierro y época romana en forma de
castro amurallado, probablemente dependiente de la ciudad arévaca de Uxama
Argaela, antecesora del actual Burgo de Osma. Este emplazamiento, aparte de su
indiscutible valor defensivo, poseía también un gran valor estratégico ya que
custodiaba tanto la cercana corriente del río Duero, allá en su tramo central,
como el punto en que se cruzaban la calzada que unía las civitas de Uxama y Ocilis (Medinaceli) y la gran ruta romana que enlazaba Caesaraugusta (Zaragoza) con
Astúrica Augusta (Astorga) pasando por una Cantabria que no debemos identificar
con la Montaña costera. Esto explica que el lugar siguiera habitado en la Baja
Antigüedad y también en época visigoda, algo que sabemos nuevamente gracias al
registro arqueológico.
Vista general de la fortaleza califal de
Gormaz contemplada desde el norte.
No parece que la conquista islámica modificara sustancialmente la
estructura social del asentamiento de Gormaz (que por cierto ya debía llamarse
así, pues se trata de un topónimo antiquísimo, de origen prerromano), al menos
en un principio. No en vano la zona debió acoger poca población islámica,
bereberes principalmente.
En el año 750 la mayor parte de la submeseta norte es evacuada por las
tribus norteafricanas, incapaces de enraizar en una tierra dura y austera,
sobre todo en comparación con las fértiles comarcas del sur peninsular, en
poder de la facción árabe. Según la historiografía clasica esta coyuntura fue
aprovechada por Alfonso I de Asturias para entrar en la región, destruir las
pocas tropas musulmanas que le salieron al paso y llevarse consigo toda la
población cristiana del valle del Duero –la inmensa mayoría de sus habitantes—.
De este modo no sólo consiguió reforzar su bastión norteño con tan formidable
inyección demográfica sino que también dispuso una suerte de escudo estratégico
entre sus dominios y el al-Ándalus musulmán tradicionalmente conocido como el
desierto del Duero, a saber una inmensa extensión de terreno yermo por la que
debían pasar forzosamente los ejércitos cordobeses –con lo que ello significaba
de dificultad logística—si querían atacar la Asturias cristiana.

Torre-puerta con el famoso arco califal
de Gormaz.
Parece ser que la antigua ciudad de Uxama, nombrada Oxoma en tiempos del reino de Toledo, fue uno de los lugares afectados por la maniobra estratégica del primer rey de Asturias. Similar suerte debió correr el asentamiento de Gormaz y todos los demás incluidos en el territorio de la urbe hispanorromana. Durante un siglo y medio sólo el ulular del viento y el deslizar de la vida silvestre rompería el sofocante silencio que acecha en los lugares desiertos.
GORMAZ ENTRA EN LA EDAD
MEDIA.
La resonante victoria de Polvoraria (878), obtenida por Alfonso III
sobre las huestes del emir Muhammad I, permitió la consolidación de todos los
asentamientos cristianos localizados en las tierras llanas al sur de la
cordillera cantábrica. Las treguas que entonces se firmaron, por tres
años a imposición del rey Alfonso, son las primeras pactadas entre un monarca
cristiano y otro andalusí. La trascendencia histórica de este suceso es enorme
ya que supone la mayoría de edad del reino de Asturias. A partir de ese momento
el país norteño, que ha sido capaz de obligar a al-Ándalus a pedir el cese de
las hostilidades, se convierte en un estado soberano con el que el poder
musulmán negocia y pacta de igual a igual, al contrario de lo que antes
ocurría, cuando en Córdoba se calificaba a los cristianos norteños de rebeldes
y primitivos, amparados a la manera de bandidos en la inexpugnabilidad de sus
elevadas montañas así como propietarios de una libertad de albedrío basada no
en el poder de sus armas sino en la dejadez de los emires cordobeses,
perpetuamente empeñados en asuntos más importantes.
Ni que decir tiene que tanto
Muhammad I (852-886) como su descendiente, al-Mundir (866-888) y el sucesor de
éste, hijo del anterior, el emir Abd Allah (888-912) intentaron contener al rey
cristiano en su determinación de extender los limites del reino de Asturias,
organizando regularmente ataques contra Alfonso. Pero lo cierto es que a partir
del año 885, fecha en que la rebelión de los hispanos andaluces encabezada por
Omar ben Hafsun empieza a alcanzar unas dimensiones verdaderamente graves, no
volverían a disponer los emires de los excedentes militares necesarios para
derrotar al pujante monarca asturiano.
La alcazaba de Gormaz, donde se aprecia
claramente las diferencias de aparejo en la fábrica cristiana.
Por fin, la última década del
siglo IX asiste a la materialización de un sueño largamente anhelado por el
mundo cristiano español. Aprovechando el clima de desorden generalizado en que
se halla sumido al-Ándalus, las tropas alfonsíes se apoderan de los pasos del
Duero más importantes, fundando o repoblando plazas que no tardan en ser
fortificadas. Nacen así Zamora (893), Simancas (899), Toro y Dueñas, hoy como
entonces bañadas por las caudalosas aguas del río Duero. En la zona oriental
del reino también se ha avanzado bastante. El hito principal es la fundación de
Burgos en 884 por el conde castellano Diego Porcellos, plaza situada ya en
plena meseta, lejos de las montañas. También se pueblan Ubierna y Castrogeriz por
esta época, si bien esta última debe ser abandonada antes de su conclusión a
causa de la presión musulmana.
Reinaba en León Ordoño II cuando
el conde castellano Gonzalo Fernández se anima a ensanchar las fronteras
meridionales de Castilla hasta la línea del Duero. Estamos en el año 912 y
cuatro antiguas ciudades romanas --Clunia, Roa, San Esteban de Gormaz y Uxama--
son repobladas por los colonos norteños, si bien no siempre en el emplazamiento
latino. Es el caso de Osma, palabra derivada de Oxoma, que nace como castillo
erigido en la cima de una agudo picacho situado enfrente del solar de la
antigua Uxama, el cual fuera descartado a causa de las graves dificultades
defensivas que presentaba. Aunque esta fortaleza y la de San Esteban de Gormaz
serían de ahí en adelante los principales núcleos castellanos en la zona, es
muy posible que fuera entonces cuando se construyera la primera fortificación
medieval en el cerro de Gormaz. Así debió aconsejarlo su excelente situación
estratégica, idónea para controlar la vieja calzada Uxama-Ocilis, elevada a la
categoría de vía de acceso a la frontera de al-Ándalus, en este caso
representada por la comarca segontina.
Visto esto, no resulta de extrañar la aparición de los primeros roces en este
sector de la Marca Media andalusí. Hasta dos grandes incursiones cristianas
registran, de hecho, las crónicas: una contra la citada comarca segontina y
otra, más profunda, contra la de Guadalajara (año 920).

Torres de la fortaleza de Gormaz, huecas
como se ve, vistas desde el interior de la fortaleza.
En aquel momento gobernaba en
al-Ándalus el emir Abd al-Rahman III. Estadista de gran valía, consigue sofocar
la terrible rebelión hafsuní en el 928, éxito éste que precipita su
proclamación como califa de occidente. Acaba de nacer el célebre Califato de
Córdoba.
Una vez pacificado todo el país,
el flamante califa se encuentra con fuerzas suficientes para hacer pagar su
osadía a los infieles cristianos. Así, en el año 934 un ejército cordobés es
derrotado cerca de Osma. Allí muere el señor de la fortaleza de Gormaz, que
será tomada por los musulmanes en 940 y recobrada por los cristianos poco
después. Similares cambios de manos sufrirán las plazas de Osma y San Esteban
de Gormaz en la que se revela como frontera más candente de su tiempo.
Decidido a ganar la partida, Abd
al-Rahman ordena a Ghalib, su general favorito, que repueble y fortifique las
ruinas de Madinat Salim, la Ocilis
romana, hoy Medinaceli, al objeto de utilizarla como bastión frente a Castilla.
Esta medida, materializada en 946, resulta un claro éxito toda vez que facilita
a los musulmanes el progresivo dominio de la vieja calzada Uxama-Ocilis, a lo
largo de la cual van alzándose puntos fortificados como Bordecorex, Barahona y Berlanga
en un proceso de consolidación del predomino andalusí que desemboca en la
captura del castillo de Gormaz. La reacción cristiana no se hace esperar:
Gormaz es retomada y destruida, evidentemente ante la imposibilidad de
sostenerla.
Durante algún tiempo el cerro de
Gormaz volvió a estar deshabitado. Ni los cristianos tenían fuerzas para
ocuparlo ni los califales terminaban de convencerse de la idoneidad de
fortalecerse en una posición situada en la orilla septentrional del río Duero,
complicada por tanto de abastecer en caso de peligro. Sin embargo, en el año
965 de nuestra era Ghalib rompe el delicado equilibrio mandando edificar una
imponente fortaleza en tan disputado lugar. Se trata de nuestro castillo de
Gormaz, que ha llegado hasta nosotros como un mudo testigo de aquellos ruidosos
tiempos.
Torre occidental de la fortaleza donde
podemos apreciar la potente zarpa escalonada de su base y las tres estelas
labradas en el tercio superior, cerca del coronamiento.
Durante decenios la gran fortaleza
de Gormaz ostentaría la condición de punta de lanza de al-Ándalus frente a la
España cristiana. Ejércitos enteros podían pernoctar entre sus imponentes 1200
metros de perímetro amurallado antes de entrar en territorio enemigo. San
Esteban de Gormaz y Osma eran sus rivales naturales, si bien incapaces de
amenazar la numerosa guarnición que habitualmente moraba en la que ha sido descrita
como la mayor fortaleza europea de su época.
Una buena prueba del temor que
despertaba la poderosa plaza fuerte en el ánimo cristiano es el gran asedio
registrado por las crónicas en el año 975. Nada menos que 60.000 hombres, las
tropas combinadas de los reinos de Navarra, de León y del Condado de Castilla, a
la sazón dirigidas por sus respectivos reyes y conde, pusieron cerco a la
guarida de su enemigo en el que era posiblemente el mayor despliegue cristiano
realizado hasta la fecha.
Enterado el sabio Al-Hakam II,
segundo califa de Córdoba, del grave peligro que corría tan preciada fortaleza
mandó de inmediato una hueste a levantar el asedio, mas la fuerza enemiga era
demasiado grande y tuvo que retirarse. Volvió entonces los ojos el anciano
Omeya hacia el Magreb africano, lugar en el que se hallaba el famoso general
Ghalib combatiendo por su señor contra los ejércitos de la dinastía tunecina de
los Fatimíes. En cuestión de un puñado de días ya
lo tenía frente a sí en su palacio de Medina Azahara, con la orden de socorrer
a los sitiados de Gormaz. Mientras tanto el ejército califal se había ido
reuniendo y estaba ya preparado para partir hacia el norte por el camino de
Toledo. El sábado 24 de abril de 975 salía de Córdoba la lucida hueste, siendo
despedida entre aclamaciones del pueblo y los gestos de orgullo del califa
al-Hakam que lo observaba todo desde la azotea del alcázar de la ciudad,
acompañado de su hijo Hishem, futuro Hishem II.

Torre de
Gormaz por debajo de la cual se puede observar el calzo de apoyo.
Como los vados del Duero estaban
en poder de los cristianos y era muy arriesgado intentar forzar el paso con
éstos apercibidos, Ghalib hizo levantar su campamento en las inmediaciones del
castillo de Barahona, desde donde envió sendos mensajeros hacia el noreste,
reclamando la comparecencia de los gobernadores de Zaragoza y Lérida a la
cabeza de sus tropas. Comenzaron a pasar los días y el ejército califal se fue
engrosando con los muchos combatientes disponibles en aquella zona de
al-Ándalus. Pero la situación propicia para el ataque seguía sin llegar y los
de Gormaz se encontraban cada vez más apurados. Fue así como el 28 de junio,
ante la perspectiva de una pronta capitulación de la fortaleza sino se hacía
algo el respecto, el ejército de Córdoba cruzó el río y marchó sobre los
norteños. La batalla se saldó con una rotunda victoria musulmana, posiblemente
la mayor alcanzada por los ismaelitas sobre los cristianos desde la jornada de
Guadalete en el 711. El campamento cristiano fue tomado por los enardecidos
andalusíes que capturaron allí un gran botín en armas, caballos y vituallas.
Los restos de la hueste cristiana huían en desorden, perseguidos por
escuadrones de jinetes ávidos de sangre enemiga. A duras penas lograron escapar
de la masacre el conde Garci Fernández de Castilla y el rey Sancho Garcés de
Navarra; sus tierras no tuvieron la misma suerte, siendo devastadas por Ghalib
y el gobernador de Zaragoza respectivamente. Posteriormente esta batalla sería
silenciada en todas las crónicas cristianas. Si la conocemos es por los
escritores islámicos, que por otra parte tampoco dudaban en manipular la
realidad histórica cuando ésta no les gustaba.
El conde Garci Fernández vengaría
parcialmente la pérdida de tantos hombres valientes apoderándose de la enorme
fortaleza en un momento indeterminado entre los años 978 y 981. Pero en el 983
Gormaz volvería a dejar de ser cristiana y con ella Osma, San Esteban de Gormaz
y todas las plazas fronterizas del condado de Castilla. La hora de Almanzor, el
Victorioso, había llegado y los cristianos españoles no volverían a probar las
mieles del triunfo en el campo de batalla durante mucho tiempo. Muhammad ibn Abi Amir –este era el
nombre completo de al-Mansur— pondría
de rodillas a catalanes, leoneses, navarros y castellanos con aterradora
eficacia. Barcelona, León, Astorga, Pamplona, Burgos y Santiago de Compostela son
sólo los nombres más significativos de entre la inacabable lista de lugares
arrasados por el que fuera calificado de “Azote
de Dios” y “Sepultado en los
infiernos” a su muerte en 1002 según figura en algunos textos cristianos
contemporáneos.

Alberca del recinto principal de la
fortaleza de Gormaz. La correcta sillería de sus paramentos es un elocuente
testimonio de la calidad de esta construcción.
La recuperación cristiana no
daría comienzo hasta la muerte de Almanzor y el inicio del proceso de
disgregación del califato que él mismo provocara con su política de concesión
de privilegios al componente norteafricano del ejército. Las ciudades quemadas
fueron rápidamente reconstruidas y las fortalezas perdidas recuperadas. Así
volvieron a control castellano San Esteban y Osma, si bien no Gormaz,
firmemente defendida por su guarnición islámica. Habría que esperar hasta 1059
para ver ondear de nuevo la enseña de la cruz en lo alto de las torres de
Gormaz, esta vez para siempre. Eran los buenos tiempos de Fernando I, emperador
de Castilla y León, cuando las fronteras de la cristiandad hispana avanzaban a
costa de los debilitados reinos de Taifas: patético resultado de la atomización
sangrienta en que concluyera la brillante historia del Califato de Córdoba.
Durante algún tiempo Gormaz quedaría
como plaza fronteriza enfrentada a la musulmana Medinaceli. En el año 1087 es
cedida por Alfonso VI al Cid Campeador, desde luego un caballero de probada
valía a quien se podía confiar tan crucial baluarte. Finalmente, la conquista de
Medinaceli en 1122 conllevaría el paso de la gran fortaleza a una situación de
retaguardia, la cual se iría acentuando con el paso de los años.
Primer plano de las estelas de la torre
occidental de la fortaleza de Gormaz.
Hasta el año 1395 Gormaz permanecerá
en la órbita de la familia real castellana. Alejado de una vez por todas el
peligro sarraceno a raíz de la victoria de las Navas de Tolosa (1212), su gran
tamaño se muestra cada vez más como un inconveniente ya que requiere de una
enorme guarnición, incompatible con su valor estratégico, por lo demás escaso,
para asegurar su defensa. He aquí la causa de que todas las intervenciones
cristianas realizadas en la fortaleza durante los siglos bajomedievales se
concentren en su sector oriental, el ocupado por la alcazaba califal, al objeto
de reforzar este punto fuerte, mucho más fácil y sobre todo económico de
defender, en detrimento del resto del perímetro fortificado.
La intensa feudalización que
caracteriza los sucesivos reinados de la dinastía Trastámara afectaría también
a Gormaz. Su primer señor feudal sería el mayordomo mayor de Enrique III, don
Juan Hurtado de Mendoza; después pasaría a otros magnates castellanos como los
marqueses de Camarasa.
Vista del arruinado interior del
castillo de San Esteban de Gormaz.
Como tantas otras fortalezas
españolas Gormaz no superaría el reto de la Edad Moderna. Castillo puramente
medieval, nadie se molestaría en adaptar sus arcaicas estructuras a los
requerimientos de la fortificación renacentista, presididos por el temor a la
artillería pirobalística. Su ubicación en el corazón de Castilla, muy lejos de
las fronteras del reino, ya de España, tampoco ayudó a evitar su abandono final
en algún momento del siglo XVI. A pesar de ello la vieja fortaleza seguiría
desafiando al tiempo con admirable entereza, soportando sus embates con esa
clase de empaque superior propia de las obras emirales y califales. Por este
motivo fue escogida por Carlos María Isidro, pretendiente carlista, para
refugiarse en ella durante su retirada a Navarra en la Primera Guerra Carlista
(año 1837), perseguido por los isabelinos del general Espartero.
DESCRIPCIÓN ARQUITECTÓNICA.
Más allá de su enorme valor
histórico la fortaleza de Gormaz posee un valor arquitectónico y castral
extraordinario, que la convierte en el mejor de los escenarios para estudiar
los principios básicos de la fortificación altomedieval andalusí.
El castillo de Osma, con su aspecto
actual, muy influenciado por las reformas del siglo XIV.
Sus milenarios paramentos
constituyen un interesante tratado de edilicia andalusí, sobre todo en lo
referente a las diferentes modalidades de aparejos altomedievales, argamasas de
cal, técnicas de triple hoja y revestimientos.
Resumiendo mucho, podemos citar
la disposición de los sillares que forman su paramento externo, colocados en
una alternancia poco regular de sogas y tizones –no son raros los
atizonamientos continuos-- así como rejuntados con mortero de cal dada la
diferente calidad de su labra. El interior de los muros fue realizado con una
mampostería de buena calidad en la que no faltan los mampuestos colocados en
“espina de pez”. Técnica derivada del opus
spicatum romano, proporciona una estructura muy resistente al incrementar
poderosamente la cohesión interna entre aglomerante y árido.
Para incrementar la estabilidad
de muros y torres se emplearon las típicas zarpas escalonadas islámicas, con
múltiples paralelismos en otras partes de España. También se realizaron calzos
de mampostería en las formaciones pétreas más inestables, tan bien hechos que
aún se encuentran en perfecto estado.
Atalaya de Uxama, levantada por manos
islámicas como centinela de la plaza fuerte de Osma sobre los restos de una
casa romana de los siglos I y II d.C. perteneciente a la antigua urbe de Uxama
Argaela.
Sin duda alguna el detalle
arquitectónico más sobresaliente de la fortaleza de Gormaz es su gran arco de
herradura, delimitado por un alfiz o arrabá de tradición islámica. Localizado
en el frente meridional, su geometría permite identificarlo como obra califal.
Aunque fue restaurado hace varias décadas es básicamente el mismo que erigieran
los alarifes musulmanes hace más de mil años. También resultan destacables las
tres estelas finamente labradas colocadas a gran altura en su frente occidental
y cuyo evidente carácter simbólico ha sido relacionado con una hipotética
protección frente a los espíritus de la noche, de ahí que estén ubicados en el
lado de la fortaleza por el que se pone el sol.
Desde el punto de vista
castellológico Gormaz puede describirse como una gran fortaleza roquera cuyas
estructuras se adaptan a la cumbre del cerro en que se asientan. El flanqueo de
los muros se lleva a cabo a través de torres rectangulares –unas macizas, otras
huecas-- brevemente proyectadas hacia el exterior. Los vanos de acceso debían
ser del tipo libre o directo, escoltados por sendos cubos rectangulares o bien
en el interior de una alargada torre-puerta: es el caso del arco de herradura
antes mencionado. En ambos casos se trata de características típicamente
andalusíes.
Paisaje descubierto desde la atalaya de
Uxama, antigua línea fronteriza entre cristianos y musulmanes. A lo lejos se
divisa la mole del castillo de Osma mientras que al pie de la fotografía
sobresale un muro romano perteneciente a la domus mencionada en el pie de foto
anterior.
Siguiendo la disposición básica
de cualquier hisn andalusí, Gormaz
disponía de una alcazaba o sector especialmente fortificado, desde el cual se podía
dominar el resto de la muralla y aún aislarse de ella en caso de necesidad.
Como dijimos en otro lugar de este artículo la alcazaba de Gormaz se encuentra
en su extremo oriental, pudiéndose reconocer en ella las fábricas cristianas de
los siglos bajomedievales por su diferente aspecto y materiales de
construcción.
Por último comentar que el
suministro del agua a la fortaleza en caso de asedio estaba garantizado por un
enorme aljibe en el interior de la alcazaba, con capacidad para 100.000 litros
de agua, y una alberca rectangular, elegantemente labrada en sillería, localizada
en el recinto principal.